Michel Contreras: Adiós, Guajiro

Me habría gustado escribir una buena crónica para Conrado Marrero, una que de veras sacudiera el alma, pero definitivamente, tras leer la que publicara en Cubadebate Michel Contreras, no me pareció justo que no fuese incluida en Universo Béisbol.

Conrado Marrero, ya en sus últimos años. (Foto: Byron Motley)

Conrado Marrero, ya en sus últimos años. (Foto: Byron Motley)

Por Michel Contreras

¡Adiós, Guajiro! ¡Good bye, Connie!

Ah, Marrero, ¡qué golpes da la vida!…

Llego a tu casa y ahí estás, en la silla de ruedas que siguió a la fractura de cadera. Te me acerco y te cojo la diestra y te la estrecho, y te digo “felicidades, Connie”, ese Connie de la pelota americana que tanto te gustaba. Pero tú no me escuchas.

“Es que casi no oye”, me aclara Rogelio, el nieto flaco y espigado. Yo me quedo esperando por una reacción. “Te está felicitando un periodista”, grita entonces el nieto en tus oídos. No te inmutas. “Es un amigo mío”, te asegura Rogelio en alta voz. Entonces, sin soltarme la mano ni quitarte el tabaco de la boca, le respondes: “Pues también es mi amigo el periodista”.

Y eso me congratula. Que me digas que yo soy tu amigo me suena a recompensa. Por eso, mientras tú aprietas la mano de este hombre que alguna vez soñó ser una estrella del diamante, este hombre no encuentra palabras para darte las gracias, se zafa del nudo marinero de tu mano y se va hasta una esquina de la sala para tragar en seco y no dejar que la emoción le juegue trampas.

Al poco rato, alguien pasa por ese mal rato. Es Pedro Chávez, tipo duro donde los haya habido, pelotero caliente de la pelota brava, respetable. Chávez llega, te dice no sé qué, y se nota que algún lagrimón quiere salirse de sus ojos, tan azules como los del mar, o de Bette Davis. “Siéntate, Chávez”, lo conminan, y Chávez va a sentarse, lastimado. Pero tú no lo has visto.

Definitivamente, llevo la ventaja. Tú no me puedes ver, Conrado, y yo a ti sí. De ahí que mientras los visitantes  intercambian un grupo de fotos de tus años de esplendor en los montículos, te miro. Y hay quienes tiran fotos y videos, y yo solo te miro. Y, sobrio como siempre, llega el Jabao Puente, se para por un flanco y te palmea cariñoso el hombro, y yo celebro.

Me sobran las razones. Yo celebro que justamente hoy, el día de tu cumpleaños 102, te hayas puesto esa camisa donde dice Cuba, combinada con la gorra de los Senadores del Washington, tu equipo en las Mayores. Y también que todavía –como hace diez años, cuando te entrevisté junto a Manuel González Bello- te guste mordisquear la breva al tiempo que sujetas una pelota entre los dedos para ensayar el movimiento de tus curvas, sliders y screwballs. Y que sepas –porque eso afortunadamente no hay que verlo ni escucharlo, sino solo sentirlo- que todavía, pese a todo, eres el centro de la fiesta, tú, Conrado.

Pero es triste, guajiro, ¡qué golpes da la vida!…

La verdad es que jode decirlo porque a uno, que se empeña en graduarse de inocente, se le antoja que sus héroes deportivos son invulnerables y perennes. Y ahora te veo ahí, en la silla, quieto, mudo, con el estadio a oscuras y en silencio, agarrando esa franela que te acaba de regalar la Comisión, y de pronto me viene a la cabeza alguna foto sepia en la que estás en medio del wind up, en aquel tiempo cuando fuiste el mejor pitcher de 5 pies 5 pulgadas de este mundo.

Si ahora tú me pudieras oír, Marrero, volveríamos a hablar de por qué llegaste tarde a Grandes Ligas, con 39 años en el lomo y un montón de partidos en el brazo. Y de esa anécdota en la que Ted Williams te da un par de jonrones y te dice “tal parece que hoy es mi día de suerte, Connie” y tú le espetas “todos los días son tu día, Ted”. Y te preguntaría otra vez por la comparación entre Willy Miranda y Germán Mesa, y aunque no te lo preguntara, Conrado, tú, que no rumiabas mucho las palabras, me explicarías por qué los “pichecitos” de hoy no encuentran el home plate, y por qué la pelota se nos ha vuelto mala, y al final volverías a evocar, como siempre evocabas, a Allie Reynolds, Early Winn, Max Lanier, Luque, Miguel Ángel…

Eres el más viejo de todos los ex jugadores vivos de las Grandes Ligas, y lo sabes. Lo sabes pero no puedes disfrutarlo. Y en el fondo de ti, seguramente, llora callado el hombre. Aunque a veces aparecen los consuelos; como ahora, que el nieto te dice que te llama Franco Carbón y coges el teléfono y Carbón te saluda desde el otro lado de la línea y tú le gritas, casi ininteligiblemente, “usted es el periodista que yo llevo, siga así”. O después, también después, cuando llegan los norteamericanos…

Estos dos peloteros amateurs te han traído una foto que, desde Los Ángeles, te manda Tom Lasorda, tu compañero –bien que lo recuerdas- en las ligas invernales de la pelota profesional cubana. El nieto te da el pedazo de papel, te cuenta lo que ocurre, los recuerdos se te desperezan y te escucho, te escuchamos decir a voz en cuello, estremecido, que Lasorda es tu amigo. Como yo, que me siento otra vez recompensado, y me emociono. Pero tú no lo ves.

No me ves, ni me oyes comentar con alguien a mi lado aquellos duelos tuyos con Canónico, tu elección para el Juego de Estrellas, la posibilidad extraordinaria que tuviste de coincidir en tiempo, espacio y profesión con Willie Mays, Joe DiMaggio, Mickey Mantle, Duke Snider, Bob Feller, Eddie Matthews… Ni siquiera imaginas lo que hablamos este señor que desconozco y yo, ni puedes ver estas fotografías que estamos viendo ahora, ni tampoco sabrás que, dentro de un par de horas, yo estaré publicando esta crónica que tú no leerás y muy difícilmente escuches.

Es la vida, Marrero, que pitchea muy duro y a los codos. Sic transit gloria mundis…

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