Los riesgos de ser lanzador (+Video)

Los jugadores de los D'Backs se agrupan alrededor de Archie Bradley. (Foto: Rick Scuteri/ AP)

Los jugadores de los D’Backs se agrupan alrededor de Archie Bradley. (Foto: Rick Scuteri/ AP)

Por Reynaldo Cruz

Pese a las gorras protectoras aprobadas por la Major League Baseball, y desestimando que hay muy pocos jugadores que las usan y una gran generalidad que no (principalmente por lo mal que se ven), los sucesos de Archie Bradley, quien fuese golpeado en el rostro hace dos días por una línea salida del bate del venezolano Carlos González, demuestran que el béisbol es un deporte peligroso, y si los bateadores tienen el casco protector, algo debe crearse para los lanzadores.

Las gorras de isoBlox, claro está, no son la “mágica solución”. De muy poco le habría servido una de esas gorras a Aroldis Chapman cuando un misil de Salvador Pérez le alcanzó en el rostro durante los entrenamientos de primavera del pasado año. Anteriormente, en 2013, Alex Cobb fue víctima de un batazo de Eric Hosmer; en 2012, Brandon McCarthy no pudo esquivar un lineazo de Erick Aybar, como tampoco pudo esquivar Chris Young uno de Albert Pujols en 2008.

Son evidentes los riesgos que están corriendo los lanzadores cada día, y aunque muy poco tiene esto que ver con tirarle una pelota para golpear a un bateador rival, es hora de que la MLB comience a pensar en algo más que las susodichas gorras, que han sido aprobadas pero que muy pocos usan sobre todo por su nada glamoroso diseño. A diferencia de los bolazos intencionales, que sí pueden controlarse, los bateadores no tienen control alguno de hacia dónde salen sus batazos, y es el lanzador precisamente el jugador que más cerca y de frente les queda.

La línea de Car-Go salió a una velocidad de 115 millas por hora (según Statcast), haciendo evidentemente imposible que Bradley pudiese esquivarla. Tanto es así, que según declaró, de acuerdo con Steve Gilbert de MLB.com:

Traté de tirarle strike con una curva. Vi el lanzamiento ir hacia el plato y entonces me desperté, y estaba tirado en el suelo y me dije ‘Oh, demonios, ¿qué acaba de pasar?’ Recuperé la compostura, abrí los ojos, y podía ver, mover los pies, y lo otro que supe fue que estaba el entrenador y que me ayudaron a caminar desde allí.

Para Carlos González, la angustia fue enorme:

Para mí, como bateador, fue una pesadilla. Es algo que no tratas de hacer sobre todo a un muchacho como él que es verdaderamente joven y está iniciando su carrera. Es devastador. Simplemente arruinó mi noche. Simplemente arruinó la noche de todo el mundo.

Sin embargo, Bradley no parece estar muy traumado por la situación, pues declara que ha visto el replay:

… 15, 20 veces. Luego de verlo, podía haberme alcanzado en el ojo o directamente en el rostro. Tengo que pensar que el Señor allá arriba me está cuidando.

Incluso para los “autores” de los golpes, las impresiones no son nada buenas, pues hemos visto la angustia en los rostros de González, Pérez, Pujols, Hosmer, Aybar… a ellos les afecta tanto como a los lanzadores, más, por supuesto, en el plano psicológico.

Por fortuna, todo parece indicar que no habrá más nada que lamentar respecto a Archie Bradley, pero nuevamente nos volvemos a preguntar cuándo alguien va a tomar cartas en el asunto y buscar una manera de proteger a los lanzadores. Nada de lo que se ha hecho hasta ahora es suficiente, y la idea de jugar con pelotas de goma no le hace gracia a nadie (me incluyo).

Este no es un asunto como el feudo de Yordano Ventura con algunos peloteros, dígase Mike Trout, Brett Lawrie y Adam Eaton, pero luego de ver lo sucedido con Bradley, y permitir que la memoria nos traiga los comebackers que alcanzaron a Chapman, Cobb, McCarthy, Young, Chris Carpenter o Hiroki Kuroda, uno puede entender un poco a Ventura, sobre todo en casos como los de Eaton y Trout, pues ambos fueron batazos que pasaron cerca de él.

Más que desgarrarse el brazo y no poder ni siquiera peinarse —con permiso de Sandy Koufax, pues esa idea del peine es suya— o llevar una vida normal, el ser lanzador entraña además el peligro de ser golpeado por una pelota bateada por alguien que no puede controlar hacia dónde va, y lo que es peor, que aumenta la fuerza y la velocidad de un objeto que, entonces, se convierte en un proyectil mortal.

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